El durazno y mi abuelo

Mira, te voy a contar algo que he estado pensando desde ayer. Desde ayer que fue el cumpleaños de mi hermano y de la abuela fallecida de mi novia. Son cosas que te hacen reflexionar, que te hacen recordar otras cosas. En mi caso, recordé a mi abuelo Eleazar, por eso de la vida y la muerte.

¿Sabes? Cuando murió  mi abuelo, yo tenía nueve años y él cincuenta y ocho. Murió  de una forma impropia de su tiempo. De cáncer al estómago. Auch. Rápida sí, una vez  establecido el diagnóstico, pero desde el año anterior se había ido apagando, como si por un agujerito microscópico del cuerpo se le escapara la vida. Una tarde se lo llevaron al hospital y ya no salió de allí. Qué frío y qué cosas recuerda uno.

Recuerdo que ese año todo vino muy pronto y que veía muy poco a mi abuela. A mi abuelo apenas le vi dos veces antes de morir, y lo único que se me ocurría decirle en esos momentos era “hola amigo”. Qué simple se lo lleva uno de niño. Él no era mi abuelo, realmente, solo nos unía ese “Hola amigo” que nos decíamos desde que mis padres se conocieron. Siempre me llevaba por su chacra, caminábamos un poco sin hablar y él me cargaba para tomar un durazno. Me sonreía y regresábamos, aún sin conversar. Sin embargo, a mis nueve añitos yo lo veía y sabía que no podría hacerlo.

Un día de esos, mientras yo estaba en el recreo mi madre vino a recogerme, en silencio. Mi abuelo se fue. Esa tarde anocheció antes de tiempo y todo la noche transcurrió en una especie de penumbra. Mi abuelo ya no estaba.

Mi abuelo se me apareció de repente unas semanas después, entre sueños. Qué sensación tan horrible de recordar. Íbamos en un taxi de regreso a casa y de repente le vi fuera, en mi lado de la ventana. Iba en otro auto y se adaptaba a la velocidad del auto: se deslizaba a igual velocidad y si aminoraba la marcha, mi abuelo lo hacía también. Miré a mis padres y a mis hermanos, pero ellos no parecían verle: decidí guardar el secreto. Era algo solo para mí, como lo era cuando me alzaba para alcanzar el durazno. No me habló, ni siquiera me miraba, solo sonreía con la vista al frente.

Poco a poco fui dejando de verle, unos meses nos acompañaba, otros no, hasta que un día no se presentó. He pensado mucho en ello desde entonces. No sé si era mi voraz imaginación que siempre ha tomado lo que ha querido de mi vida y ha inventado historias que hasta yo puedo creerme, pero lo pienso mucho todo el tiempo.

Ya no sé cómo era el timbre de su voz, ni el olor de su presencia. Pero creo que en la parte de mi memoria donde guardo su recuerdo solo hay una durazno, silencioso pero siempre disponible como lo fue él para mi.

Por eso cuando me vean comer un durazno no se rían si lo miro, le sonrío y le digo “hola amigo”.

¡Gracias por leernos!

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3 pensamientos en “El durazno y mi abuelo

  1. LaAmanteInexplicable dice:

    me encantooo!!!!!!!

  2. feelbetter dice:

    waaaaaaaaaaa!!!!! CUANTO PODER!!!!! It’s over nine thousand!!

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