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Relatos cortos (III)

Tercera tanda de relatos cortos en los que ando últimamente trabajando, para concursos y similares, esperando que haya un poco de suerte. Agradeceré mucho sus comentarios y críticas para no caer en el simplismo de pensar que con esto pueda que gane.

Infiel

El doctor se repite a cada momento que fue un error cotidiano. Nada más que eso. Un error cotidiano. Porque te llaman y debes salir. Se trata de una vida atareada la del doctor. Debes salir rápidamente. Le das un beso a tu mujer y a tu hijita, que no te acuerdas que hoy es su cumpleaños. Sales y aceleras el paso. Llegas al llamado de una enfermedad sin gravedad. Se cura con antinflamatorios y aspirinas. Hablas con el paciente. Dos o tres cosas sin importancia y este dice que tiene que irse. Aceptas un trago que te ofrece suesposa. Luego te invita a comer y aceptas, no vayas a desairar a la señora. Llamas a casa y dices que ya llegas, que no se preocupen, que sólo tardarás una hora. Luego la velada es agradable. Buena comida. Buen vino. Buen cariño ajeno. Luego te despides y te marchas. Llegas a casa y toda tu vida ha cambiado por un error cotidiano. Has dejado tu correo abierto, doctor.

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Varios (Relatos II)

A pedido de mis innumerables amigos (3), pequeños relatos que no llegué a publicar. En esto del guionismo como trabajo, existe un concepto llamado “spec”. Es un recurso sencillo, de entrada al mundo de audiovisuales. Son pequeños guiones (a veces en prosa) de historias no encargadas, que pueden mostrar el tipo de talento que existe para escribir. Los otros podemos llamarlos cuentos cortos.

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Culpable: contar historias

Por: El Guionista Brillante

Vivía al otro extremo de la ciudad, junto al último paradero de una línea de combis. Fumaba en pipa, era calvo y calzaba 46. Con apenas 20 años una revista infantil le publicó su primer cuento. Después llegaron un segundo y un tercero. Se había despertado en él una fascinación por el oficio de inventar historias, al que se entregó desde entonces. Pero el cuarto relato jamás fue publicado.

Las musas solían visitarle a menudo y se mostraban generosas, nutriendo su imaginación con fértiles alumbramientos creativos; pero, en cuanto se ponía a transcribirlos al papel, se volvían esquivas y le negaban la inspiración. Mientras estaban en su cabeza las historias eran poderosas; pero si las compartía con otros, ya fuera oralmente o por escrito, se diluían. No era extraño escucharle interrumpir uno de sus relatos para confesar que había olvidado por completo cómo continuar. El ya anciano narrador interpretó aquello como una maldición y decidió que no volvería a compartir sus relatos, que se los guardaría para él. De esta manera esperaba mantenerlos a salvo, dentro de sí.

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